Cuento para el Día del Valor (5 de noviembre de 2018)
Ésta es la historia de una liebre presuntuosa que desafió a una paciente tortuga en una carrera imposible, aunque parezca increíble…
Érase una vez… una liebre que se jactaba de correr más veloz que nadie, y que tenía la fea costumbre de burlarse de una parsimoniosa tortuga, hasta que un día ésta la desafió:
‒¿Pero quién te crees tú que eres? Sí, de acuerdo, quizás seas muy veloz, pero yo puedo ganarte.
La liebre se rio de la osada tortuga:
‒¿Ganarme tú en una carrera? ¡Soy tan veloz que nadie puede ganarme! ¿Me desafías acaso? ¿Qué apuestas?
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| ilustración de P. Cattaneo y T. Wolf |
La tortuga, molesta por tanta
presunción, aceptó el desafío. Fijaron el trayecto de la carrera y, a primera
hora del día siguiente, se reunieron en el lugar acordado para la salida. La
liebre bostezaba de aburrimiento mientras la tortuga iniciaba el recorrido. En
vista de la lentitud del adversario, la liebre, cuyos ojos se cerraban de puro
sueño, creyó oportuno tumbarse y dormir un poco.
‒¡Sigue, sigue, no te detengas! ¿Sabes?, mientras tú te adelantas, voy a echar una cabezadita y luego, en cuatro saltos, ya te alcanzaré.
Tuvo una pesadilla y se despertó sobresaltada. Buscó a la tortuga con la mirada, pero, al verla, se tranquilizó: ni siquiera había andado un tercio del recorrido.
La liebre, recuperada del sobresalto,
creyó que disponía de todo el tiempo del mundo para ganar la carrera. Tanto es
así, que se dirigió a un campo de zanahorias que tenía cerca y se puso a comer
con apetito. Sea por el atracón que se dio, o por el calor que hacía a pleno
sol, el caso es que se sintió de nuevo amodorrada. Miró de forma despectiva a
su rival, que justo entonces llegaba a la mitad del recorrido. Aún tenía tiempo
para echar otra cabezadita antes de que la tortuga llegase a la meta. Se durmió
con una beatífica sonrisa, pensando en la cara que pondría la tortuga al verse
rebasada. Al poco, roncaba feliz.
El Sol había iniciado su caída hacia
el horizonte, cuando la tortuga, después de haber hecho el recorrido lenta y
fatigosamente, vio por fin la meta a un metro escaso. La liebre se despertó
asustada al ver a la tortuga tan lejos. Deprisa se lanzó en su persecución.
Moviendo sus largas patas, adelante y atrás, impetuosamente, con la lengua
fuera, la liebre casi la alcanzó.
‒¡Todavía un poquito más y la victoria
será mía!
Sin embargo, el último salto que dio no fue suficiente. Cuando la liebre lo inició, la tortuga había traspasado ya la línea de meta. ¡Pobre liebre! Cansada y humillada se derrumbó al lado de su rival, que la miraba sonriendo en silencio. Finalmente, la tortuga le dijo:
‒¿Te das cuenta? ¡No por ser el más
veloz, llegarás el primero!
Esopo. (1991). La liebre y la
tortuga. En P. Cattaneo (Il.), E. Dami (Colab. Il.), A. Gabarnet Viñes (Trad.),
A. Sirena (Colab.) y T. Wolf (Il.). El gran libro de los cuentos. Barcelona:
Molino (pp. 105-107).
El libro gordo te enseña,
el libro gordo entretiene,
El libro gordo te enseña,
el libro gordo entretiene,
y yo te digo contento:
hasta la entrada que viene.



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